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enero 08, 2012

[ excursus ]

No puedo llorar, ni puedo reír;
no puedo leer, tampoco escribir.
Estoy demasiado cansado.

La vida se me escapa por las encías.
El dolor es sordo, pero me habla fuerte.
Me dice que sos vos,
que mi perdición tiene nombre,
un nombre de santo.

No te puedo amar, ni te puedo odiar;
no me puedo alejar, ni tampoco olvidar.
Estoy demasiado feliz.

diciembre 18, 2011

Uno, dos y tres

Uno, dos y tres conceptos pasan volando por mi mente. Los leo, los releo y los leo otra vez y ninguno de ellos parece alcanzar sentido. Las letras y los números dejan de guardar su habitual coherencia, su simetría perfecta: tan gris, tan pulcra y tan ordenada en párrafos odiosos y cansinos.

Uno, dos y tres suspiros (que ahora vomito) quedan tendidos en las hojas de mis libros, esos mismos que cargaba apilados cuando te vi por primera vez.

Uno, dos y tres besos (nunca dados) yacen muertos en un baúl que no pretendo abrir jamás. Arderán por siempre en el infierno del olvido. Junto a tu nombre.

Es hora de comenzar a leer.

octubre 31, 2011

El Águila Roja


Hoy quiero hablarte a la cara.
Hoy quiero verte a los ojos.
Quiero decirte lo que pienso.

La maleza con garras de muerte es inquilina de tu pecho y lo ha sido desde hace ya mucho tiempo. Vos lo sabés y, a pesar de que nunca te has esforzado por ocultármelo, en breve lo descubriré con absoluta certeza -yo conozco tu tipo-. En breve, como un kleenex, limpiaré tus excretas y mi destino será una papelera o, en el peor de los casos, una tubería. Mis sospechas estarán finalmente difuminadas.

Ya las dudas son pocas: tus demonios existen y son ellos los que sujetan tu buena voluntad con mordazas envenenadas, los que queman los puentes que me llevan a vos.

Son ellos los mismos que te hicieron perder la batalla de batallas. La batalla contra su patrona, la predadora absoluta: el águila roja, rapaz y visceral, esa que late dentro de tí como la inquilina impostora, la golfa palpitante que te marca con grafías no registradas en mi alfabeto, la misma que te vuelve ininteligible a mis sentidos. Esa peligrosa águila roja que late perversa en tu pecho y que me reduce a una ínfima nada. Esa que te ganó y me hizo perderte para siempre.


septiembre 20, 2011

y, sí.


Ahora mismo la cafeína es mi única droga compañera. La más fiel de todas. Me acelera como pocas otras lo hacen (aunque no conozco muchas). Yo sé. Cafeína. Woo-fucking-hoo. No es nada emocionante si sos cocainómano o qué se yo.

Las drogas ilegales no son lo mío. Y no porque me crea demasiado fuerte o superior a quienes deciden usarlas; por el contrario, es porque me conozco y sé que probándolas caería en ellas y me deslizaría por una vertiginosa espiral que me dejaría en la calle, desnudo y culo arriba. ¿Que qué chivo? no lo sé. La vida te coge por todos lados anyway, así que para qué drogarte.

Yo solo siento que es en demasía estúpido pensar que por usar coca, por ejemplo, vas a tener un estatus diferente, o que ya pertenecés a otro nivel, al plus. En mi opinión -a saber si humilde-, es de imbéciles pensar que con la coca vas a tener más mundo. "Viajá un poco más y hablamos después". Por la gran puta. No necesitás viajar para probarte a vos y probar al perico y a su mierda. O como sea que se diga. Recordá que el perico donde sea es verde y su mierda es igual en cualquiera que sea la latitud. Y, nada. Resulta que a mí no me gusta comer mierda.

Qué se yo. Es mi opción, dejame en paz. Yo no te diré nada, vivimos en una era de libertades, ajá. Hacé de tu boca un culo y de tu nariz un sumidero de polvo blanco, las consecuencias -si acaso las hay- las vas a vivir vos, no yo. "Di no a las drogas", ¿y quién soy yo para prohibírtelo? Hacelo si querés, pero no te metás en mi camino, ni me vengás con que no sabías lo que pasaría después. Asumí consecuencias como adulto. Informate sobre las normas que rigen nuestra convivencia y ponderá todos los escenarios posibles que derivan de su quebrantamiento. Ya luego platicaremos.

julio 13, 2011

De la cursilería y otros delirios


Esta mañana me descubrí pensándote y mi reacción inmediata fue interrogarme.

Es muy extraño -me dije- estar en medio de llamadas, discusiones y reuniones y aun así tener espacio en la mente para dibujar las perfectas líneas que conforman tu rostro. Es ciertamente inusual -reproché- estar repasando a media mañana las palabras tibias que me encantaría susurrarte al oído o imaginar las caricias que podríamos darnos cuando finalmente decidamos compartir mis almohadas y mis nubes.

Y luego almorcé.

Y luego merendé.

Y luego pensé nuevamente en vos.

No tengo opción -concluí-, creo que me gustás.

Esta tarde lo reconozco. Y me declaro incapaz de borrarte de mi pensamiento. Me declaro culpable y sucumbo ante la pretensión de querer quererte. Nunca hago uso de mi derecho inalienable a la cursilería, pero esta tarde me he quedado sin alternativas. Finalmente entiendo que la idea de querer es consustancial a la de sentirse humano, vivo. Y abrazo la idea. Abrazo tu voz, tu gesto, tu mueca. Te abrazo a vos.

Y no pasa nada con querer querer. Y no pasa nada con exponerse, atreverse a hablar o afrontar el rechazo. No pasa nada más que la vida, la experiencia.

¿Pero te lo voy a decir? No, no lo haré. Porque también tengo derecho a guardar silencio y no puedo privarme de él arbitrariamente. Tengo derecho a querer verte, hablarte, hacerte reír, hacerte enojar, todo en silencio. Tengo derecho a disfrutar todo lo que este día me hace sentir vivo; un derecho innegable a la ilusión prístina, al motor de suspiros, a la avalancha de hipotéticos.

Quiero tenerte conmigo en un ideal; en una burbuja al interior de mi pecho, justo ahí donde no llega nada ni nadie, donde el veneno no te alcance nunca y donde puedo sentir tu calor dosificado en pequeñitas cucharadas de por-siempre.

julio 04, 2011

Ventus


Yo aquí me bajo, sí.
Aquí en el desierto.
He venido a entregarte al espacio muerto para que te trague sin más. Espero hacerlo en victoria total, sin desvanecerme con tu recuerdo agonizante ni difuminarme entre los vapores fastidiosos de tu sonrisa muda.
He venido a anularte por completo, esta vez sin perderme en el olvido. He venido a esculpirme en piedra como el vencedor absoluto, el poseedor incontestable de mejores personas a las que recordar y querer cerca de mí.
Porque vos ya no estás.
Ya no existís.
Ya te fuiste.
Ya te ofrendé al desierto del ayer. A sus vientos.
A la nada que se arrastra patética en las esquinas de mi memoria, la decadente, la moribunda. Nunca serás ni estarás aquí de nuevo.
Ha sido escrito.

Besar con amor,


ya se me olvidó cómo.


junio 24, 2011

El proyecto confeso

Realmente no sé qué tan válida pueda considerarse una confesión realizada en la comodidad del anonimato. Como sea, y prevaliéndome del carácter cuasi-anónimo de este mi/nuestro/vuestro espacio de lectura/terapia/libre-expresión/intercambio de ideas, confieso que hoy tengo ganas de salir de la oficina, irme a una tienda de ropa y empezar a comprarme conjuntitos y camisitas y shortcitos y pantalocitos y hasta calzoncitos. Hoy tengo ganas de consentirme como solo el empedernido consumista puro y duro puede hacerlo: comprando cositas que lo hagan sentir con guapura y gracia y porte y eleganza extravaganza. ¡Zaasa-la-zassa!. Hoy quiero salir de estas tres paredes y vidrio, olvidarme del estrés, de lo recto, del análisis, de lo puro y del trabajo y de las pugnas y del odio y del dijo-esto, lo-otro y lo-aquello; manejar hasta la tienda más cercana y comenzar a gastar los billetitos y moneditas y centavitos que me costaron tanto el mes pasado. Hoy tengo ganas de salir de aquí y tirarme un clavado mortal en el acantilado del consumismo, dejarme arrastrar por su corriente, dar vueltecitas en sus remolinos y revoltijos y amasijos. Hoy quiero probarme los conjuntitos que nunca me pruebo (por miedo a que no me queden), comprarlos y amarlos y usarlos y ensuciarlos y estrujarlos y arrancarlos de mi cuerpo después. Botarlos, quemarlos, enterrar sus cenizas y hacer de cuenta y caso que este delirio consumista nunca sucedió. Solamente.


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Qué asco me doy. Post escrito con los ojos en espiral.

junio 02, 2011

2004 - 2011


¿Te acordás de la comida china en el Hunan?

¿Del corre-que-te-alcanzo insoportable por el que te hice pasar?
¿Te acordás de la carretera nueva a Santa Elena?
¿De aquella parada técnica en la farmacia? ¿Del motel con estilo campechano?
¿Te acordás de la pasta fría que cenamos?
¿Te acordás del "me encantás" que me enviaste por mensajito?
¿Te acordás de tu mamá en el otro cuarto, de las hurtadillas, las mentiras y los pleitos tontos?
¿Te acordás de tu terraza y San Salvador entero brillando en mis ojos?
¿De mi 4x4 en tu cochera?
¿Te acordás del chupadero al que me llevaste, de mi cara de asco total?
¿Te acordás del Don Pedro del aeropuerto?
¿Del hotel de tres estrellas, del accidente en mi nariz y todas nuestras risas?
¿Te acordás del gimnasio y tus rutinas? ¿De nuestras clases de francés?
¿De mis lágrimas de adiós en Comalapa?
¿Te acordás de mi primera vez? ¿y de mis miedos?
¿Te acordás de mi vaca negra en La Ventana?
¿Te acordás de nuestro acuerdo casual de madrugada?
¿Te acordás del perrito que recogimos en la calle? ¿Recordás que lo salvamos?
¿Te acordás del beso frente a la casa de tu tío? ¿¡Te acordás del frío!?
¿Te acordás del vino y queso? ¿Te acordás de mi cámara y el jardín de te japonés?
¿Te acordás de mi "te amo"?

¿Te acordás del café de cuatro horas? ¿y de las "pelis" en tres-De?
¿Te acordás de nuestro día entero en Nueva York?
¿Te acordás de los enredos en Ataco?
¿De aquel San Valentín y mi brazo lastimado?
¿Te acordás de los besos en París y los tres minutos en mi hostal?
¿Te acordás de tus visitas de medianoche y los taxis que pedías al final...?
¿Te acordás de nuestras recurrencias?
¿Te acordás de mi renuencia?

¿Te acordás de mí?

Yo lo recuerdo todo.

mayo 25, 2011

'caption'

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Mis abuelos, dos sillas viejas. Madera quemada. Nostalgia hecha mueble. Ornamento de antaño. Emociones d'autrefois. Mis abuelos, dos robles viejos. Maltrato de los años y los siglos de los siglos. Mis abuelos, ad eternum. Regaños apagados. Luceros opacados. Vidas consumadas. Mis abuelos y sus sillas, dos sillas. Mis abuelos, la ceguera. Mis abuelos, sus mareos. Mis abuelos y mi llanto. Mi sentimiento.




Espejo III

El dolor que a veces necesitás para recordar que sos humano y para mantener siempre los pies plantados sobre la tierra es aquel que llega directo al corazón, sin hacer escalas en el abdomen, ni paradas técnicas en la boca de tu estómago.


Es ese dolor sordo con el que enmudeces y te inmovilizás. Ese cosquilleo punzante que recorre todo tu cuerpo cuando leés tres líneas foráneas que te cancelan. Tres cortas líneas que abrazan una emoción tan ajena a lo que siempre has estado acostumbrado. Esas palabras tan contundentes que te escupen en la cara y te recuerdan que no siempre vas a tener lo que deseás; no importa cuánto creás merecerlo; no importa cuánto pensés que has trabajado para ganártelo.


Este dolor te enseña a siempre recordar que hay decisiones que te sobrepasan y que no podés hacer nada más que aceptarlas con entereza. Es el agudo dolor que te hace recordar lo básico que sos en un mundo de conexiones y burocracia. Es la punzante agonía de saber que hay poderes aun más grandes que el conocimiento y la razón. En efecto, este es un dolor que te enoja; te nubla de irascibles pensamientos y de una impotencia cruel ante el severo revanchismo del cual te crees víctima.

Pero vos qué sabés. Sos doliente e imaginás de todo.

El dolor que te empuja a vislumbrar un epítome de arbitrariedad concentrado en tres líneas. Esparcido en dos párrafos. Sintetizado en una palabra de dos letras. Un no que te cuesta tanto entender, pero que seguramente te enseñará, a fuerza de tropiezo, a no cometer los mismos errores, a no confiar en las mismas personas y a conducir tu vida fiándote únicamente de tus propias convicciones.

Este es el dolor que te enseña a desconfiar.

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Escrito feo y de golpe -a cientos de palpitaciones de corazón por minuto- hace 10 días.

marzo 16, 2011

El proyecto filial

Yo voy por la vida y veo en ellos lo que nosotros no somos. Voy por la vida y los veo altos o bajitos, fornidos o flacos, bien parecidos o feos; no importa cómo, pero siempre dos. Veo que actúan y hablan de manera similar. Ambos caminan con el mismo ritmo y se tocan el pelo cuando están nerviosos. De tal palo, tal astilla -pienso-. Veo cómo se hablan y se abrazan, algunas veces hasta se dan besitos en la mejilla. Son cómplices con frecuencia y, por lo general, el uno -más viejo- le da consejos al otro sobre cómo conquistar a una mujer. Los veo sentados en la sala de sus casas, absortos frente al televisor viendo el fútbol de domingo. Se toman un par de cervezas en el patio y el uno -otra vez el más viejo- le pregunta al otro que cómo le va en el trabajo. Los veo y no puedo apartar la mirada, son padre e hijo.
Yo voy por la vida queriendo y no queriendo emociones que desconozco. La verdad es que no sé cuánto tiempo ha pasado desde que usted y yo nos sentamos solos a discutir sobre nuestros asuntos. O cuándo fue la última vez que nos tomamos una cerveza, o la última en la que nos contamos un chiste o dos. Me da cierto temor reconocer que posiblemente nunca hayamos hecho nada de eso, que quizá lo soñé o que quizá fue simplemente un deseo súbito que me surgió en una de mis típicas tardes de nada.
Mentiría si dijera que estoy contento con esta relación tan extraña que tenemos. Una interacción diplomática, desde luego, pero sumamente extraña: los abrazos dados por ritual; las preocupaciones plausibles que se dan solo si hay una pauta expresa; las preguntas que versan solo sobre lo que está dentro de nuestras fronteras invisibles. Lo demás, ha sido y es tabú entre nosotros. Un secreto recelosamente guardado por ambos: No me pregunte, no me cuente. Así como en el army de los gringos. Ese sistema funciona, pero nos deja como seres humanos a medias y a medias nos quedamos, usted y yo.
Yo voy por la vida con miedos concretos que nos conciernen a los dos. Miedo a pensar que así quiero nuestra cercanía: cordial, amigable, llevadera, falsa. Miedo a que, a pesar de las visitas, los abrazos y las palmadas en la espalda, sigamos envueltos ad eternum en una mecánica de cordialidad filial superficial. Miedo a que algun día, cuando ya no estemos (usted o yo), recuerde con arrepentimiento este vacío de confianza que nos mantiene con los mecanismos de defensa en pie.
Yo voy por la vida y veo en otros lo que usted y yo no somos.

marzo 08, 2011

Insane honesty


Con cólera en los dedos imprimo la verdad y, con ella, la pena que me produce.
He comenzado a demostrar interés en vos.



Vos que, muy probablemente, no te lo merecés.
Vos que, con toda razón -o poca-, no tenés interés alguno en mí.

marzo 05, 2011

El proyecto honesto

La honestidad al escribir nunca se me dio, pero si se tratara de confesar lo que realmente pasa por mi mente en este justo instante, necesariamente, tendría que admitirlo: quisiera que existieras. Sin ánimo de revolcarme en cursilería, quisiera que estuvieras aquí para mí, para no dejarme hacer las cosas que sabés y sabemos que me lastiman. Quisiera saberte tangible a mis sentidos, asequible a mis posibilidades emocionales -tan limitadas-. Quisiera eso y toda su consecuencia. Te quisiera hoy para mí y nadie más; te quisiera firme en mi pecho, dos en uno en mi cama.
Qué cólera tener que reconocerlo, quisiera que existieras.
Hoy, aunque sea solo por un momento, pero hoy.
Hoy, porque estoy solo, hoy.
Hoy, porque a la soledad la siento cruda, hoy. Trágica, hoy.
Hoy, porque no me entiendo ni quiero hacerlo... y vos podrías, yo sé que podrías, hoy.
Quisiera que existieras, pero por un momento nada más.





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you're a silly goose...

noviembre 27, 2010

El proyecto nostálgico


1. Nostalgia es verte en un papel arrugado:




2. Nostalgia es leerte en un francés con errores:



3. Nostalgia sos vos en una postal atrasada:


4. Nostalgia sos vos en un mensaje sin tiempo:





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"De aquí solo a mejor / y solo a mejor como dos amiguitos ___ que se quieren / Je t'aime - mais oui!"

septiembre 17, 2010

vos sos absurda

Tenés miedo y no lo escondés más porque no podés.
Has engañado a tu mente y la has dejado creer que la decisión está tomada, que te quedarás inmóvil, cómoda en esa pequeña silla con rueditas inquietas y chillonas, pretendiendo cambiar el mundo con palabras y silogismos baratos.

Pero tonta no es, tu mente. Algo sospecha. Algo sabe. Lo percibe entre toda la incertidumbre, sabe que en algún lado de vos hay valor, sabe que por algún rincón se te coló la valentía y el coraje para saltar hacia lo nuevo. Lo que te aterra tanto.
No podés concentrarte. No podés con lo cotidiano y eso mismo te delata. Le das pequeñas pistas a la cabeza y te sorprendés con señales de cambio imaginadas en cada esquina. Lo nota, tu mente: estás dudando demasiado. Estás en evidencia, vestida con un traje de indecisión flagrante.
No podés con el estrés. Ese estrés discursivo y cansino. Pobre, tu mente. Pobrecita, vos. Estás comenzando a abatirte con tu panoplia de ideas afiladas y redundantes, cobardes y gastadas. Pobrecita, en efecto, por absurda irremediable, pero estás en todo tu derecho a serlo.

agosto 21, 2010

Personita

Hace un par de horas supe que existís y ya te quiero.

Aun sin forma, aun sin cuerpo, ya te quiero; sin saber como sos, sin conocer tu risa, ni tu llanto, ni tus ojos o tu pelo, ya te quiero, ya te espero.
Aun sin un carácter definido, sos amor, sos cariño, sos esperanza. Aun sin personalidad propia, sos un motivo más para sonreír, para saber que no todo es perdición, para entender que hay otros más que vienen y que de algo sirve aguantar, de algo sirve la rutina, el tedio, el trabajo.
Aun sin conocer tus gustos, ya quiero que juguemos. Y quiero enseñarte a decir palabras complicadas, a conjugar verbos extraños y descifrar conceptos indeterminados. Quiero contestar todas tus preguntas, resolverte el mundo con un sorbete de chocolate –bajo en calorías–, levantarte de tus caídas con un besito en la frente y enseñarte a pelear contra esta puta vida que a todos nos quiere comer.
Aun sin voz, ya tenés una defensa lista. El mundo es duro, el mundo es cruel, pero no vas a pelear en soledad. Ni las palabras ni los gestos batirán tu coraza de amor. Sos producto de la fuerza, pero sobre todo, sos expresión de un amor que sobrevivió batallas, que superó prejuicios y batió a muerte palabras afiladas y ponzoñosas, de esas que duelen, de esas que matan al corazón.
Y a pesar de todo, aquí estás.
Y a pesar de aun no conocerte, ya te quiero como se quiere a los propios. Ya me ganaste con una mueca imaginada, con la idea de tus manos diminutas y con la anticipación de una mirada de inocencia que nada sabe de odios y recelos.
Ayer supe que existís y ya te espero.
Apurate.

julio 22, 2010

Carta abierta

Tengo tantas palabras en la cabeza que quisiera articular en preguntas, pero creo que es mejor no hacerlo in voce. Me da miedo. Mejor te lo escribo aquí, donde no me ves y donde no podés saber con absoluta certeza si soy yo, si sos vos o si somos nosotros, dibujados en texto, hechos palabra escrita. Ficción o realidad; sueño o realidad; mentira o realidad; vos o yo.
Te conozco lo suficiente como para comprender por qué tenés que clasificar a la gente y dividir tu mundo en dos partes desiguales. Ya he escuchado tus temores y conozco de sobra las razones por las que te movés en medio de códigos secretos. Ya lo sé, pero no lo apruebo. Menos aun, cuando me entra la paranoia y mis sentimientos -frágiles ellos- se ven indefectiblemente amenazados.
Pobre vos. Sí te quiero. Y te quiero ayudar tanto, pero también quiero insultarte. Me preparás una ensalada de emociones que me cuesta mucho digerir. Yo sé que te quiero, pero me hacés sentir mal a veces; sobre todo, cuando por tu culpa dudo de mí mismo y temo pertenecer a una verdad sesgada por el miedo-sin-razón, sucia y de segunda categoría.
Pobre yo. Esto no es bueno para mí, pero sigo hablándote. Sigo apreciándote bien como se quiere a los amigos, porque eso es lo que sos para mí y no me importa tanto que no sea recíproco, no porque sea irrelevante, sino porque me da terror descubrir una verdad que no me guste.
Pobres los dos. Nos llevamos bien, ajá, pero hoy quiero quejarme en silencio: yo no quiero darle vergüenza a nadie, ni quiero estar en estancos separados de amistad porque simplemente no creo en ellos. O se está o no. No se te quiere a medias, no se te extraña a medias. Y no es que yo no sepa de secretos, y no es que yo no haya pasado por eso, es sólo que vos lo llevás a un nivel que desconozco.
A pesar de todo, sigo siendo tu amigo clandestino, leal a tu sigilo, fiel a la mentira que sos y a la vida que has construido sobre un pretender.
Voy a seguir aquí, ayudándote siempre y tendiéndote la mano cuando lo necesités, pero algo debés tener claro: a veces me resiento con vos y, si no te digo el motivo, es porque me he cansado de pintarte arcoiris en blanco y negro que no existen en el mundo real.

julio 13, 2010

El proyecto lujurioso

Tenés las nalgas redondas y las piernas gruesas, bien gruesas. Te vas moviendo con ellas y yo te sigo, incitado a tocarlas y a comérmelas enteras. Las quiero besar, apretar y mordisquear; pasarles suavecito la lengua, erizarte y, eventualmente, más arriba, trabajar hasta ponerte los ojos en blanco. Lo siento, no puedo contenerme, es que son tus piernas, es que son tus nalgas. No me queda más que imaginármelas debajo de tu ropa. Fue hace un año exactamente que las ví desnudas: canela, chocolate claro, caramelo brillante bajo el sol tropical. Los días que siguieron soñé -húmedo- con ellas y con vos también. Me las repasaba de memoria, con los ojos cerrados, como un adolescente naciendo en sexualidad. Me pusiste mal y, en cierta medida, todavía lo hacés.
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Cualquier parecido con la realidad es pura fantasía.

junio 18, 2010

Sí


Sí te quiero, papá.

Me da miedo decírtelo en voz alta porque no sé cómo vas a reaccionar, pero sí te quiero. Anoche, mientras cenábamos, lo pensé. Por supuesto, las palabras se quedaron al filo de mis dientes, tambalearon, así como queriéndose deslizar y salir, pero no las dejé. Las volví a guardar en el mismo lugar de siempre, que se queden ahí -me dije-, que se las coma la boca de mi estómago o que sean combatidas a muerte por las otras tantas que algún día quise decirte: las feas, las hirientes, las que decidí ya nunca más pronunciar para ser coherente con el pacifismo que ahora pretendo predicar.

Pero sí te quiero, papá.
Ojalá lo notés. Ojalá lo sintás en ese abrazo que ya nos damos con más frecuencia -al parecer, la distancia nos cayó bien-, ojalá lo notés en la sonrisa que me sacás cuando escucho que soy tu goido, que siempre lo fui y que no lo voy a dejar de ser jamás; ojalá que, aun sin conocerme del todo, sepás que no te guardo rencor, que la cicatriz se borró y que ya no te quisiera cambiar por otro, porque sos mi papá y soy un poco de vos. Ojalá lo veás, porque de momento no pienso decírtelo..."eso no es de hombrecitos".


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