1. Nostalgia es verte en un papel arrugado:

2. Nostalgia es leerte en un francés con errores:

3. Nostalgia sos vos en una postal atrasada:

4. Nostalgia sos vos en un mensaje sin tiempo:
Lavar los platos de tu cocina (acumulados por diez días) fue la manera más absurda que pude encontrar para despedirme de vos en silencio. Uno por uno: soak, scrub –vigorously–, rinse and then dry. Quise dejar un mejor y más práctico recuerdo que la típica tarjeta de imbécil –“I miss you already”– adornada con una docena de corazones alados gravitando sobre la cabeza de un chucho de ojos tristes.
Lavar los platos, ajá. Ese fue mi estúpido símbolo, mi inútil gesto de servicial tercermundista, ese que quiere dejar siempre una buena impresión bajo cualquier circunstancia, aun cuando ha caído en amor.
Parado frente a la ventana de la cocina, solo, descalzo, con mis maletas hechas (listas al extremo opuesto del apartamento), sequé los platos limpios y los apilé en el mueblecito café sobre el que desayunamos juntos la primerísima vez. Mientras tanto, el cielo gris me hablaba con su aliento gélido y me mantenía alerta de mi partida. Las gotas de lluvia y la temperatura baja me hacían compañía mientras esperaba a que regresaras.
Y regresaste, pero no subiste. No había tiempo. Me llamaste y bajé al primer piso con mis cosas. No verías mi 'sorpresa' sino hasta que regresaras del aeropuerto. Mejor así -pensé-, mejor así -me mentí-.
Esa vez lloré. Esa vez estaba más enamorado, mucho más que la tercera, la vencida, porque –en efecto– te he dicho adiós tres veces.
Sin embargo, con el tiempo y de lejos, entiendo y acepto satisfecho mi propia verdad: con cada plato que ahora lavo te voy olvidando más. No lo dudo, cada plato lavado es una sonrisa desvanecida como la cochambre misma, la asquerosa, la de las frituras, la de las grasas, esa que tanto me está costando quemar del cuerpo. Cada burbuja de jabón que explota encierra un gesto desdibujado o un comentario tuyo desprendido de mi memoria, como la costra que se limpia de la cacerola grasosa.
Adiós.
Cómo me encanta lavar platos.
Cómo me encanta estar limpio de vos, de tu grasa, de tu basura sin color.
Cómo me encanta decirte adiós.
Y, sobre todo, cómo me encanta que sea definitivo.
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Me merezco un besito, todo patético merece uno. De consuelo.
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Tomé esta foto el 25-III-2010. Y me gusta porque me imagino a la nube platicando con el árbol. Seguramente se queja la una con el otro y viceversa. El pasto siempre es más verde del otro lado, dirían.
Uno solito dice: